En el fondo de mi casa hay un jardín. En el fondo del jardín hay un árbol de limón y, detrás del árbol, yo hice un hueco profundo. En el fondo del hueco metí una caja de madera. Y en el fondo de la caja guardé una lágrima.
Es una lágrima distinta a las demás. Me la encontré haciendo equilibrio en la punta de mi ojo izquierdo una tarde de lluvia.
Las gotas chocaban contra la ventana y hacían percusión sobre el techo de zinc. Era verano y, quizás, por eso, nadie se explicaba esa tormenta. La gente había salido sin paraguas y corría como loca y esquivaba los charcos y maldecía al cielo.
Yo escuchaba la radio y estaba contenta ¿cómo explicarme, entonces, está lágrima que sin pedir permiso me mojaba?
Fui al baño y me mire al espejo. La lágrima me enredaba las pestañas. Me froté los ojos pero no quiso irse.
Entonces, abrí la ducha y dejé que el agua corriera por mi cuerpo como un río. Me dejé empapar por completo, me enjaboné y me enjuague, me enjaboné y volví a enjuagarme pero la lágrima no se movío. Se escondío detrás del párpado a punto de saltar hacia fuera y convertirse en llanto.
Decidí ayudarla y me puse a llorar. Pero mi lágrima no se juntaba con las otras. Era distinta y se quedaba quieta.
Así se hizo de noche y afuera siguió lloviendo.
La lágrima se quedó en mi ojo izquierdo por más de una semana. Y pensé que debería ir al oculista, aunque, con esa lluvia no había quien quisiera salir de la casa.
Finalmente, una mañana la lágrima empezó a moverse. Se deslizó por mi mejilla como por un tobogán y me dejo, en la cara, un caminito salino y refrescante.
Antes de que chocara contra el piso, la encerré entre mis dedos y la miré. Mi reflejo, en la lágrima, parecía más claro y hermoso que nunca. Había descubierto el mejor de todos los espejos.
Afuera el sol iba secando, de a poco las aceras. Yo recogí todos los espejos que tenía en la casa. Salí a la calle y se los regalé al primer señor que vi venir. No los necesitaba.
Yo sé que esta historia parece un cuento. Yo sé que si la cuento nadie me creería, por eso, a mi lágrima la tengo bien guardada.
Total, desde afuera a mi casa no se le nota el jardín. Desde afuera, al jardín no se le nota el árbol de limón y, mucho menos el hueco que hice detrás. Desde afuera al hueco no se le nota la caja. Desde afuera de la caja la lágrima ni se nota.
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